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domingo, 23 de agosto de 2026

Sueños de Honor — Capítulo 11: Pactos de alcoba y secretos de Estado

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Sharon irrumpió en la habitación desbordando una alegría eléctrica; sus ojos tenían un brillo que Helen no le conocía. Era inútil intentar guardar el secreto: su rostro era pura luz. La intensidad de su mirada parecía caldear el ambiente, deshaciendo el aire gélido y derribando, una a una, las defensas de su amiga. Solo el pensamiento de él bastaba para que el corazón le galopara en el pecho.

Mientras tanto, Helen terminaba de ajustarse un vestido de crepé chocolate. El cinturón negro ceñía su talle, realzando una sofisticación natural que contrastaba con el caos emocional de Sharon. Tras observarla un momento por el espejo, sentenció:

—Te ha dado fuerte, hermanita. Pero ¿y si no eres correspondida? No quiero que te des de bruces contra el suelo. Baja un poco de las nubes; si de verdad lo quieres, ve a por todas, pero camina con pies de plomo.

Sharon guardó silencio, discrepando internamente. Sentía que lo suyo era un vínculo genuino, algo ajeno a la sombra de esa "otra mujer", y estaba dispuesta a demostrarlo.

Helen se sentó frente a ella, sosteniéndole la mirada con una fijeza que parecía escrutar el futuro. El aire se volvió expectante.

—Hay algo más que quieres soltar, pero te tiembla la voz —dijo Helen con suavidad—. ¿Me equivoco?

—La verdad es que... puede que lo sepas, o puede que no —soltó Sharon con un hilo de misterio—. ¿Sabes quién llegará al castillo esta tarde?

Helen, que ya terminaba de retocarse, se detuvo en seco.

—Mis planes eran marcharnos y que vinieras con nosotros, pero si hay algo que merezca la pena ver, nos quedaremos. ¿De quién se trata?

—De un español llamado Jordana.

—¿Quién te ha dado ese nombre? —preguntó Helen, ahora con los ojos fijos en ella.

—Mary. Se lo contó a todas las que estábamos en la partida de cartas. ¿Pasa algo malo?

—Nada —respondió Helen, recuperando la compostura—. Tendrá asuntos que tratar con el Primer Ministro; una cacería es la excusa perfecta para una reunión informal.

—Pero ese país acaba de salir de una guerra... ¿Qué podría querer de Inglaterra?

—A nosotras, ¿qué más nos da? —Helen zanjó el tema con un gesto elegante—. Dejemos la política para los hombres. Lo que me importa es lo nuestro, ¿o es que ya lo has olvidado? Necesitaré que me ayudes en casa con Agatha.

Sharon bajó la mirada, inquieta.

—Perdóname, pero sigo sin entender cómo Agatha pudo aceptar a esa mujer si somos tan distintas. Mi piel, mi pelo... mi todo es diferente.

—Fue un riesgo calculado, un proceso diseñado con precisión —explicó Helen, acercándose a ella—. Hacía años que no te veía, así que fabricamos un engaño. Utilizamos las fotos del periódico de tus padres a la salida del hospital y las mezclamos con imágenes de la falsa Sharon. Creamos una imagen mental en Agatha, una verdad prefabricada que ella aceptó sin dudar.

Sharon sintió un escalofrío al comprender la magnitud del engaño, pero el deseo de que Agatha supiera la verdad pesaba más que su duda. Estaba dispuesta a seguir adelante con el plan de su amiga.

Sharon divisó la silueta de Walter a través del cristal y, sin pensarlo, bajó al jardín para salir a su encuentro. Desde la penumbra del despacho, Edwin observó el alejamiento de la pareja; era la oportunidad que esperaba. Se dirigió a la habitación de Helen y llamó a la puerta con una firmeza que rozaba el mando. Al otro lado, el corazón de Helen dio un vuelco. Guardó febrilmente los documentos en la maleta y giró la llave con un clic seco. El secreto, por el momento, seguía bajo su custodia.

—Me preocupaba cómo estabas —dijo Edwin al entrar—. Son más de las diez y no has bajado a probar bocado. ¿Te encuentras bien?

—Me quedé trabajando un rato, pero no te inquietes; la doncella me trajo algo ligero —respondió ella, tratando de sonar casual mientras sus ojos se desviaban hacia la maleta.

Edwin siguió su mirada y una sonrisa cínica asomó a sus labios.

—Veo que tu maleta sigue ahí. Por lo visto, su contenido es la pieza clave para la reunión con Jordana, ¿no es así? Sigues sin confiar en mí, ocultándome tus planes, pero ayer, en cuanto las damas se retiraron a sus alcobas, Arthur dejó caer algunos detalles al respecto.

Helen se tensó, sintiéndose acorralada por la indiscreción de Arthur.

—Si tan informado estás, no tenemos nada más que discutir —sentenció ella, señalando la salida con firmeza—. Ahí está la puerta. Por favor, vete.

—No seas tan dura, cariño —murmuró él, ignorando el gesto—. Debo admitir que, cuando te pones así de misteriosa, me resultas fascinante. He venido con un propósito y no pienso marcharme sin lograrlo.

Sin darle tiempo a replicar, la rodeó con sus brazos, atrayéndola con una fuerza que desarmó su resistencia. Hundió el rostro en su cuello y le susurró al oído con voz ronca: «Te amo, mi vida». Con una suavidad que contrastaba con su determinación previa, la depositó sobre la cama.

Bajo la cascada de besos y caricias, Helen sintió que el suelo desaparecía; se dejó llevar, flotando en un espacio donde solo existía el calor de sus cuerpos encendidos por el deseo. La pasión hervía entre ellos, ajena a conspiraciones y maletas bajo llave. Pero, de repente... unos golpes secos en la puerta rompieron el hechizo.

Sofocada y con el pulso acelerado, Helen se incorporó de un salto. Se atusó el cabello con dedos temblorosos y alisó su vestido mientras Edwin, tratando de recuperar el aliento, se apoyaba en la ventana fingiendo indiferencia.

—¿Querida? ¿Estás bien? —insistió la voz al otro lado—. Soy Dorothy, ¿puedo entrar?

—Pasa, Dorothy. Solo estaba ultimando unos asuntos —respondió Helen, tratando de recuperar la voz.

—¡Oh, perdón! No quería interrumpir —dijo Dorothy al entrar, barriendo la habitación con una mirada experta—. Como no bajabas, temí que te encontraras mal, aunque ya veo que es todo lo contrario: estás muy bien acompañada.

Edwin intervino con rapidez, tratando de disimular la agitación:

—Precisamente pensé lo mismo y subí a buscarla. Ya está bien de tanto trabajo; bajamos ahora mismo.

—Es una excelente idea —replicó Dorothy con una sonrisa pícara—, pero antes límpiese el carmín de la cara, Woodhall.

Helen, ignorando el comentario pero sintiendo el ardor en las mejillas, tomó su maleta y los tres abandonaron la estancia. Mientras bajaban la escalinata, Dorothy no pudo contenerse:

—Siempre te he considerado una joven de gusto exquisito, querida, pero esa maleta no combina en absoluto con tu traje.

—No es una cuestión de elegancia —zanjó Helen con frialdad.

—¡Qué desconfianza! —rio Dorothy—. ¿Acaso piensas que vamos a robártela? Esas intrigas no me interesan lo más mínimo. Por cierto, Leonard está con Arthur en el despacho, por si es a él a quien debes entregársela.

Helen no se dignó a responder. Al llegar a la terraza, se sentó con Edwin y colocó la maleta entre ambos, como un muro infranqueable. Dorothy, viendo una oportunidad para ganar puntos con su marido, se acercó a Stanley y le susurró al oído:

—Querido, están en la terraza vigilando esa maleta como si fuera oro. Me huele a gato encerrado.

Sin mediar palabra, Stanley se puso en pie y se encaminó hacia ellos. Se sentó frente a la pareja con aire distraído, aunque sus ojos no se desviaban del maletín.

—¡Hace un día espléndido! —exclamó Stanley con falsa jovialidad—. Hay que aprovecharlo; en Londres rara vez disfrutamos de una luz así.

—Es un día estupendo, Stanley —coincidió Helen—. Por cierto, ¿has visto a mi padre?

—Está en el despacho, pero no hace falta que te molestes en ir —dijo él, inclinándose hacia adelante mientras extendía la mano—. Si quieres, yo mismo puedo llevarle la maleta.

—Gracias, Stanley —respondió ella, retirando el objeto de su alcance justo a tiempo—. Veo que la reconoces, pero esta es la mía, no la de mi padre. Mandé fabricar una idéntica.

Stanley entrecerró los ojos, abandonando el simulacro.

—Tienes el manuscrito ahí dentro, ¿verdad?

—Stanley —intervino Dorothy, apareciendo tras él—, parece que todos compartimos la misma curiosidad, pero nuestra amiga no suelta prenda. Tendremos que esperar a que el misterio decida revelarse por sí solo.

En ese instante, la entrada de Ernest interrumpió el interrogatorio para anunciar que el almuerzo estaba servido. Los invitados pasaron al comedor, donde Helen, con una determinación que no admitía réplicas, colocó la maleta en el suelo, pegada al lado derecho de su silla.

Emily, extrañada por tan poco refinamiento, hizo una señal al mayordomo:

—Ernest, ponga ese maletín a buen recaudo para que no estorbe a miss Spencer.

—Se lo agradezco, duquesa —intervino Helen con una sonrisa gélida—, pero prefiero tenerla a mano.

Lord Leonard intercambió una mirada significativa con su hija. El aire en el comedor se volvió denso, cargado de secretos que nadie se atrevía a verbalizar. Poco después, el mayordomo regresó para dirigirse a William con una solemnidad inusual. Este, tras disculparse con brevedad, abandonó la estancia. Regresó minutos más tarde, visiblemente sofocado, para susurrarle algo a Arthur, quien también se puso en pie y salió tras él.

Los invitados permanecían en un silencio expectante, las idas y venidas habían despertado una curiosidad voraz. «¿Qué demonios está ocurriendo?», parecía leerse en cada rostro.

Mientras cruzaban el pasillo, William le informó a Arthur en voz baja:

—Tienes una llamada urgente en mi despacho. Es el vicepresidente Jordana.

Arthur se encerró tras las puertas dobles mientras William regresaba a la mesa bajo el escrutinio de todos. Sin mediar palabra, retomó sus viandas con una parsimonia que solo lograba crispar más los nervios de los presentes.

Finalmente, Arthur reapareció con la noticia que todos temían o esperaban:

—Jordana ya está en Arun. Llegará en cualquier momento —se volvió hacia Helen con ojos inquisitivos—. ¿Lo tienes todo listo?

—Sí, señor. Todo está preparado —respondió ella, rozando el cierre de la maleta con los dedos.

—Lamento estropearles el almuerzo, señoras —se disculpó Arthur con una inclinación de cabeza—. El vicepresidente ha adelantado su llegada y debemos ausentarnos por un tiempo. Con tu permiso, William, ¿podemos disponer del salón de baile para la reunión?

A Emily no le agradaba el cariz que tomaban los acontecimientos; detestaba las prisas y le irritaba no haber tenido tiempo de organizar un agasajo a la altura de un dignatario extranjero. Sin embargo, el protocolo ya carecía de importancia: el apetito se había esfumado. Los invitados abandonaron los manjares a medio probar y regresaron al gran salón, impacientes por ver al distinguido militar.

Mary se deslizó hacia Helen, con los ojos encendidos de curiosidad.

—¿Cómo de interesante será esta reunión? —susurró—. Jamás he estado en una; es la primera vez que se respira este ambiente en el castillo.

Arthur, que aparecía tras ella, la tomó por la cintura con un gesto que pretendía ser cariñoso pero que escondía una advertencia. La condujo a un rincón apartado.

—¿Qué pretendes exactamente, Mary? —le preguntó en voz baja.

—Yo, nada. Solo quiero estar informada para saber a qué atenerme. ¿Vas a dejarnos fuera?

—¿Desde cuándo mi esposa asiste a las reuniones de estado? —replicó él, tajante.

—En ninguna, pero esto es distinto. Todas sabemos ya de qué se trata —desafió ella.

—¡No sabes nada, Mary! —Arthur zanjó la discusión con una mirada gélida—. Lo que debes hacer es subir y preparar tu maleta; nos iremos en cuanto termine la sesión. En esa reunión solo estaremos los que debemos estar.

El estrépito de dos Rolls-Royce negros sobre la grava anunció la llegada. El General Jordana descendió del primer vehículo y, con la rigidez propia de su rango, realizó un saludo militar nada más pisar suelo inglés. Arthur fue el primero en estrecharle la mano y, mientras ascendían las escaleras de mármol, realizó las presentaciones de rigor ante el anfitrión, el duque de Norfolk. Jordana agradeció la hospitalidad con cortesía sobria, advirtiendo de que su estancia sería breve.

Tras los saludos diplomáticos, la mirada de acero de Jordana se suavizó al cruzarse con la de la señorita Spencer. Se acercó a ella con una deferencia que dejó mudo al salón y le besó la mano.

—Es un placer volver a verla, señorita Spencer.

—Sea bienvenido a mi país, General —respondió Helen con una entereza que asombró a los presentes—. Aunque su visita sea corta, es un honor tenerle entre nosotros.

—Tengo que agradecerle personalmente lo que hizo por la hija de mi amigo —dijo Jordana, bajando ligeramente el tono pero sin perder la autoridad—, y por nuestro país.

—Ya le aseguré en una ocasión, señor, que haría todo lo que estuviera en mi mano para ayudarlos —replicó ella con una leve inclinación—. Y eso fue, sencillamente, lo que sucedió.

—Espero que esté presente en nuestra reunión, señorita Spencer —añadió Jordana con una inclinación.

—Lo estaré. Tengo algo que le pertenece y mi deseo es entregárselo personalmente tras las negociaciones.

—Me complace escucharlo —sonrió el general, aunque sus ojos permanecieron alerta—. No obstante, mi experiencia me dicta que cualquier acuerdo con usted será, cuanto menos, un desafío.

Tras un último y firme apretón de manos, Jordana, escoltado por Arthur, entró en el salón de baile. La estancia había sido transformada: una mesa imponente presidía el centro con diez sillas dispuestas con precisión matemática. Arthur ocupó la cabecera, frente a Jordana. A su derecha se situaron Edwin, Ged, Helen, Lord Leonard, Margaret, Walter, Clement y Stanley.

Fuera, en el pasillo, la atmósfera era radicalmente distinta. Dorothy, herida en su orgullo al verse excluida, no ocultaba su resentimiento.

—No entiendo cómo lo has permitido, William —siseó Dorothy—. En tu propia casa y ni siquiera puedes presidir la reunión. Ese desconsiderado de Jordana apenas nos dedicó un saludo; nos trató como si la Spencer fuera la verdadera anfitriona y nosotras... meros adornos en la pared. —Paseó la mirada por la estancia con desdén—. Por cierto, ¿dónde se ha metido Mary? Tengo un par de verdades que contarle sobre su marido.

—Están haciendo las maletas —intervino Sharon con una calma gélida que cortó el aire—. Se marcharán en cuanto la reunión llegue a su fin.

—¡Pues que se larguen! —estalló Dorothy, perdiendo los estribos—. ¡No nos hacen ninguna falta!

—Nosotros también nos iremos, Dorothy —sentenció William. Su voz sonó con una frialdad tan absoluta que ella se quedó muda, con la palabra a medio pronunciar—. Tenemos asuntos pendientes en la ciudad que no pueden esperar.

—¡Pero William! —exclamó Emily, rompiendo por fin su silencio—. Habías prometido que nos quedaríamos una semana entera.

—Es cierto, Emily, pero eso fue antes de saber cuánto se dilataría este asunto. Mi deber con el país termina aquí; pedí mantenerme al margen de las negociaciones y pienso cumplirlo. Espero que lo entiendas, Dorothy, y si no, me es indiferente. En cuanto a ti, Emily... no te sientas herida por no ser el centro de atención del General. Al fin y al cabo, no has hecho nada para merecerlo, querida.

Mientras tanto, tras las puertas cerradas del salón de baile, el Primer Ministro Chamberlain tomó la palabra con gravedad:

—Señores, nos hemos reunido para zanjar definitivamente el asunto del manuscrito. ¿Lo ha traído consigo, señorita Spencer?

Helen mantuvo la mirada fija en el primer ministro, con la mano apoyada firmemente sobre su maleta.

—Dejaré esa respuesta en el aire por el momento, señor —respondió con voz gélida—. Antes de abrir esta maleta, exijo que el vicepresidente Jordana garantice una salida honorable para el señor Robles.

Jordana asintió lentamente, reconociendo la jugada.

—Mi gobierno ya ha tomado las medidas pertinentes en ese ámbito, señorita Spencer. Lo único que resta para sellar el pacto es que usted me entregue el manuscrito y el resto de los documentos de mi correspondencia personal.

—¿Acaso el Premier no se puso en contacto con usted para asegurar que este encuentro fuera fructífero? —comenzó Helen, midiendo cada palabra—. Dada la gravedad de los hechos y el incalculable servicio que el señor Robles ha prestado a ambas naciones al alertarnos sobre la existencia de los "murciélagos", desarticulando así el poder que pretendían ejercer sobre su propio gobierno... comprenda, General Jordana, que sin esa información su país estaría en un aprieto mucho mayor para resurgir de sus cenizas. Por ello, mi propuesta es firme: debemos sellar un acuerdo sobre esta persona antes de que usted reciba lo que ha venido a buscar.

—¡Diga de una vez de qué se trata! —estalló Stanley, incapaz de contenerse.

El Primer Ministro le dirigió una mirada cargada de advertencia, exigiéndole silencio con el gesto. Helen, ignorando la interrupción, prosiguió con una calma que helaba la sangre:

—Antes de nada, vicepresidente Jordana, permítame zanjar otro asunto. Para ello, requeriré la asistencia del señor Walter Gallichan, quien les hará entrega de un documento que todos los presentes deberán comprometerse a firmar y cumplir rigurosamente.

Walter se puso en pie con solemnidad. Se acercó a Helen, extrajo una carpeta de la maleta —la misma que ella había custodiado con tanto celo— y se la entregó a su padre. Lord Leonard la abrió y repartió los ejemplares entre los asistentes.

—Como pueden leer en las copias que tienen ante ustedes —explicó Helen mientras el sonido del papel llenaba el silencio de la sala—, el primer punto es un pacto de silencio absoluto. Se comprometen, bajo ninguna circunstancia, a revelar los hechos ocurridos tanto en suelo británico como en la España Nacional del General Jordana. Oficialmente, este asunto jamás sucedió.

Hizo una pausa deliberada para observar las reacciones antes de lanzar la estocada final:

—En segundo lugar, se comprometen a otorgar al señor Gil Robles una reparación pública de su honor y su inmediata repatriación. Deberá permitírsele participar activamente en la política del nuevo régimen; sé que su deseo es apoyarlos. Es la oportunidad perfecta para que su gobierno desmienta, mediante esta iniciativa, los viles comentarios que siempre lo han acusado. Él ya ha demostrado, con su ayuda, que la prosperidad de su patria es su única prioridad.

—¡Eso es absolutamente imposible! —exclamó Jordana, golpeando la mesa con indignación.

Sin embargo, Helen no retrocedió ni un ápice. Sostuvo la mirada del general con una entereza inquebrantable, esperando a que el peso de la realidad doblegara su intransigencia.

—Tras la entrega del manuscrito, General Jordana —continuó Helen con una serenidad implacable—, exigimos que firme este segundo documento. En él, sea cual sea el desenlace del Pacto de Múnich, el Gobierno del General Franco se compromete a dar largas a Adolf Hitler. No suscribirán ningún pacto con Alemania que permita el uso del territorio español en la guerra mundial que ya se vislumbra en el horizonte.

Hizo una breve pausa, dejando que el peso de sus palabras llenara el salón.

—Comprendemos que el pueblo español intenta recuperarse precariamente de su propia contienda. Sabemos que, para el Caudillo, la reconstrucción y la unidad son prioridades que están por encima de cualquier cooperación militar con el Führer. Nuestro país solo busca asegurar, mediante este tratado, la no intervención de España en el conflicto que estallará muy pronto.

—¡Atiza, qué jugada! —exclamó Walter por lo bajo—. ¡Esto es un auténtico bombazo!

—¿No estará pensando en publicarlo, verdad? —intervino Margaret, con un tono cargado de sospecha.

Helen no permitió que Walter respondiera; cortó la réplica antes de que naciera:

—No podrá hacerlo. Walter firmará, junto con todos ustedes, el compromiso de Estado de mantener este asunto bajo estricto secreto y de neutralizar ante la prensa cualquier rumor subversivo. Estoy segura de que está plenamente de acuerdo en apoyarnos.

Walter tomó el documento y le dedicó una sonrisa cargada de ironía a Margaret, quien apenas podía disimular su animadversión. Firmó con trazo firme. Margaret aún no sospechaba que su propia vida acababa de dar un giro de ciento ochenta grados; pronto su nombre aparecería en los informes, pero no en las páginas de sociedad, sino en los archivos de Scotland Yard.

El General Jordana guardó silencio unos instantes antes de hablar con calculada lentitud:

—Comprenderá, señorita Spencer, que yo puedo comprometerme aquí y ahora, pero mi superior es otra cuestión. No tengo autoridad para garantizar que el Generalísimo acate cada punto de lo que aquí tratamos.

—Lo sé —asintió Helen—. Pero tiene tiempo suficiente para consultar con él y transmitir una decisión urgente a nuestro Primer Ministro.

—¿Y qué hay del manuscrito? —preguntó Jordana, yendo al grano—. ¿Me lo entregan ahora?

—Una vez firmado su compromiso, recibirá su correspondencia personal —sentenció ella—. Pero el manuscrito permanecerá bajo custodia hasta que el Generalísimo ratifique su apoyo. Nos bastará con su palabra de honor; sabemos que para él eso vale más que cualquier papel firmado. Además, no creo que le resulte difícil: sabemos que no desea encadenarse a Hitler. Es un militar astuto y sabe elegir sus batallas. Así pues, cumpla con su parte y reúnase en secreto para formalizar el acuerdo. Ese es su trabajo. Cuando lo haga, yo misma entregaré el manuscrito al Primer Ministro para que se lo haga llegar.

Jordana la observó con una mezcla de respeto y resignación.

—Considero que el trato es justo —declaró finalmente—. No dudo en firmar este compromiso.

Extrajo su pluma y, con un gesto solemne, estampó su firma en el documento. La suerte estaba echada.

—La primera fase del acuerdo queda validada con las rúbricas de todos los presentes —anunció Arthur, rompiendo el silencio tras la firma—. Ahora, solo resta la entrega de la correspondencia al General.

Lord Leonard extrajo con parsimonia las valiosas cartas de su maleta. Eran papeles que ardían, capaces de hundir reputaciones o salvar naciones. Se las tendió a Jordana, quien, en un intercambio casi ritual, le entregó a cambio el documento firmado. El militar español se puso en pie, dedicó un saludo marcial al salón y, sin añadir una sola palabra, abandonó la estancia con paso firme.

—Mis felicitaciones a todos por su rigor; no esperaba menos de esta mesa —declaró Arthur con una cordialidad que no ocultaba su cansancio—. Una etapa más completada. Confiemos en que la resolución final sea igual de satisfactoria y que Franco se una a nosotros en la construcción de esa «paz de nuestro tiempo» que tanto anhelamos.

—Confiemos en ello —replicó Clement Attlee, el líder laborista, con una nota de escepticismo en la voz—. Pero no olvidemos el paso que dimos en septiembre en Múnich para atar las manos de Hitler. Fue su política de pacificación, Arthur, y todos le brindamos nuestro apoyo entonces... bajo la premisa de que funcionaría.

—Clement tiene razón, el Gobierno de Chamberlain cuenta con nuestro respaldo frente a Alemania —intervino Margaret, exministra laborista—, pero debemos ser realistas sobre su capacidad para liderar si entráramos en guerra. No conviene confiar demasiado en las serpientes: son escurridizas y su mordedura es mortal. El hecho de que ese grupo de espías operara en nuestro propio suelo debería mantenernos en alerta máxima. Sus intenciones de exponer nuestras debilidades confirman que Alemania no es un aliado, sino una amenaza latente.

—La señorita Margaret tiene un juicio agudo, caballeros —apostilló Stanley—. Nunca hay que subestimar el alcance del nuevo Reich.

—Bien, señores —Arthur cortó el debate con elegancia—. Discutir de política es nuestra razón de ser, y siempre es un placer escuchar la perspicacia de las damas, pero si me disculpan, mi obligación con el país me reclama. El trabajo no ha hecho más que empezar.

Dicho esto, Arthur Chamberlain salió del salón de baile. En el patio, Mary ya lo esperaba en el coche, impaciente por abandonar el castillo. Minutos después, el Rolls-Royce emprendía el camino hacia el número 10 de Downing Street.

En la sala de baile, Lord Leonard terminó de exhalar el humo de su habano. Con una sonrisa de orgullo que rara vez mostraba en público, se acercó a su hija:

—Enhorabuena, querida —murmuró Lord Leonard, con una satisfacción contenida—. Todo ha salido según lo planeado; con algún contratiempo, es cierto, pero hemos sabido sortearlos sobre la marcha. Me has hecho sentir muy orgulloso.

—Tuve al mejor de los maestros, padre —respondió Helen con una sonrisa cómplice—, y aún sigo aprendiendo.

Lord Leonard disimuló su emoción ajustándose con parsimonia su sombrero Panamá Montecristi y recolocando su pajarita de lunares. Stanley, observando la escena, intervino con tono de aprobación:

—Coincido contigo, Leonard. Recuerdo bien tu impecable servicio cuando yo era Primer Ministro; siempre fuiste un hombre de planes sólidos. Fuiste de los pocos que jamás me dio un dolor de cabeza, y Chamberlain debería tenerlo en cuenta para recompensarte con un nuevo cargo de relevancia.

—Secundo la moción de mi colega —añadió Clement Attlee—. ¿Y tú, Margaret? ¿Cuál es tu postura?

—Estoy conforme con lo que acordamos ayer —sentenció Margaret con brevedad—. Lord Leonard debe recuperar su puesto en el Almirantazgo.

—Me siento profundamente honrado por sus palabras, caballeros —respondió Leonard, con una humildad que escondía una voluntad de hierro—, pero temo no ser merecedor de tal distinción.

—Por favor, Leonard, acepte el mando —insistió Stanley—. Conozco su valía y sabe cuánto aprecio su visión política; sería un activo incalculable para el país en estos tiempos. Por mi parte, me aseguraré de que la prensa lo trate con los honores que merece.

Lord Leonard guardó un silencio cargado de significado antes de declinar la oferta con firmeza:

—Les agradezco sinceramente su apoyo, pero debo rechazar el puesto. Mi postura política es, como bien saben, diametralmente opuesta a la de Chamberlain. Aunque le he prestado mi ayuda en este asunto de los "Murciélagos", mis convicciones no han cambiado: sigo luchando para que Gran Bretaña despierte, se rearme y modernice su ejército antes de que sea tarde. Abogo por un Gabinete de Guerra franco-británico, una unión indivisible con nuestros aliados estadounidenses, tal como Lord Halifax ya sugirió hace tiempo.

Su mirada se volvió sombría al mirar hacia el horizonte:

—Debemos estar preparados. Nuestros servicios de inteligencia no mienten: la sed de superioridad militar de Alemania es insaciable. No podemos pretender purificar el mundo con simples conjuros; las palabras son tristes e inútiles ante lo inevitable. ¿Cómo vamos a superar las infamias de un gobernante que ha perdido la razón? La imaginación de los tiranos para el mal es inagotable; cuando creemos que han agotado sus inventos, nos sorprenden con una nueva forma de maldad y estupidez, amparada en el delirio de una raza superior.

—Nos encontramos a merced del mal y la estupidez —continuó Lord Leonard, con una voz que parecía cargar con el peso del siglo—. Estamos indefensos ante una voluntad de perdición que se regocija en su propia absurdidad. La barbarie de la Gran Guerra no fue el límite del crimen; Hitler no es el fin de lo que el ser humano puede inventar en términos de traición. El absurdo tiene recursos más profundos que este demente. Por eso debemos prepararnos y presentar batalla con todas las fuerzas democráticas. Si la prensa británica desea brindarme su apoyo, que lo haga; lo necesitarán para lo que está por venir. Y ahora, si me disculpan, deseo regresar a mi hogar con mi hija.

Edwin, que había permanecido en un segundo plano observando la jugada, dio un paso al frente:

—Si me lo permite, Lord Leonard, me gustaría llevaros de regreso. ¿Nos acompañas, Walter?

—No —respondió el periodista, cruzándose de brazos—, me iré con Ashley.

—Lo lamento —intervino Leonard con cortesía cortante—, pero Sharon vuelve con nosotros y no queda ni un asiento libre en el auto.

Ged, captando la tensión, puso una mano en el hombro del joven:

—¡Venga conmigo, muchacho! Aprovecharemos el trayecto para hablar de su ingreso en Scotland Yard.

—De acuerdo, señor —asintió Walter, aunque lanzó una última mirada a Helen—. Pero me pasaré por vuestra casa más tarde.

—Parece que la agradable estancia en el castillo llega a su fin. Nosotros también nos marchamos —comentó Clement, rompiendo el hechizo de la sala.

Margaret sintió entonces una punzada de inquietud, ese frío en la nuca que precede a la tragedia. No toleraba a Walter; la idea de tener a ese periodista husmeando en Scotland Yard le resultaba insoportable. Si ya era un hueso duro de roer desde las páginas del periódico, dentro del departamento les haría la vida imposible. Había firmado el documento de confidencialidad para salvar la situación, pero no pensaba quedarse de brazos cruzados: tendría que discutir el futuro de ese periodista con Arthur muy seriamente.

Stanley estrechó la mano de sus amigos y abandonó el salón de baile con paso rápido. Ged Shaw, mientras tanto, observaba a la pareja con una mezcla de ironía y satisfacción; le bastaba ver cuánto detestaban a Walter para que el muchacho le cayera en gracia. Tenía cualidades innegables: no se andaba con rodeos y sus entrevistas en el periódico eran brillantes. Nada impediría que Walter se convirtiera en uno de sus hombres de confianza. Tras los agradecimientos de rigor a los duques por su hospitalidad, los Spencer emprendieron, por fin, el camino de regreso a Londres.

En la residencia de Lord Leonard, la atmósfera era de una consternación absoluta. Agatha llevaba días consumiéndose, esperando que alguien tuviera la decencia de enviarle noticias de su señor. Se sentía olvidada; incluso los periódicos que escudriñaba a diario guardaban un silencio sepulcral sobre el paradero de Leonard y Sharon. Retorcía su delantal entre las manos, incapaz de estarse quieta. Peel, que la observaba con preocupación, intentó infundirle algo de calma:

—Agatha, no te angusties porque no veas nada en la prensa. El señor Gallichan sabe lo que hace; evitará cualquier filtración para que los secuestradores bajen la guardia.

—Eso no justifica que la señorita no haya hecho una sola llamada para tranquilizarnos —replicó Agatha, al borde de las lágrimas—. Sabe bien cuánto sufro por ellos. Estoy hecha un manojo de nervios, siento que todo se me escapa de las manos y llevo noches sin pegar ojo. No ha tenido la menor consideración con su pobre nanny.

—¡Tiene razón, Peel! —intervino Betty—. Qué menos que un recado para confirmar que están a salvo.

—Agatha, entiende que esto ha sido un secuestro, no un viaje de placer —insistió Remedios con firmeza—. Recuerda que cuando fue a España nos llamó en cuanto pisó tierra firme, a pesar de lo inestable que estaba el país. Ahora mismo, Sharon estará haciendo lo imposible por rescatar a su padre. Escúchame: vete a tu habitación y descansa. No querrás que, cuando regresen, lo primero que vean sean esas ojeras. Tengo el presentimiento de que mañana, cuando despiertes, todos estarán aquí. Y ya sabes que, cuando a esta española se le mete algo en la cabeza, rara vez se equivoca.

—Haz caso a Remedios —murmuró Brilliz, envolviendo los hombros de Agatha con una caricia protectora mientras la guiaba hacia su alcoba. De su delantal extrajo una cajita metálica y seleccionó un pequeño comprimido—. Prometemos avisarte al menor indicio, pero ahora tu cuerpo necesita tregua. Toma esto; te dará el descanso que tus nervios te niegan. No podemos perderte, Agatha; eres el corazón de esta casa. Por favor, hazlo por nosotros.

La mujer, conmovida por la ternura de la joven, obedeció y tragó la pastilla con un sorbo de agua. Brilliz la arropó con la manta, apagó la luz y regresó a la cocina con el resto del servicio.

—¿Cómo la has dejado? ¿Está más tranquila? —preguntó Peel en cuanto la vio aparecer.

—Pobrecilla, está sufriendo lo indecible —suspiró Brilliz—, pero con el sedante al menos logrará descansar unas horas.

—Quién pudiera... —murmuró Betty, mirándose las manos—. A todos nos vendría bien uno. Con este manojo de nervios ya casi no me quedan uñas; si no hay noticias pronto, tendré que empezar con los dedos.

—¡Qué exagerada eres! Muerde una fruta, que te alimentará mejor —sentenció Remedios, encajándole una manzana en la mano.

—¡Ay, Remedios! ¡Tú con la comida lo remedias todo! —exclamó Peel con una carcajada.

—¿Y qué se va a hacer, si no? Para estar sano hay que comer, aunque a veces el cuerpo se empeñe en guardar esas libras de más.

Las ocurrencias de Remedios lograban arrancar risas incluso en los momentos más oscuros, especialmente cuando se arrancaba a hablar en su lengua materna; nadie la entendía, pero su gracia natural era contagiosa.

Mientras tanto, en el coche de Edwin, el ambiente era de triunfo. Todos comentaban con entusiasmo el éxito de la operación contra los "murciélagos", excepto Sharon. Ella permanecía absorta, con la mirada perdida en el paisaje nocturno que desfilaba tras el cristal. Lord Leonard, notando su silencio, le preguntó con interés:

—¿Te inquieta algo, Sharon?

—No dejo de pensar en Agatha —confesó ella con un hilo de voz—. Estará fuera de sí, un manojo de nervios. Todavía recuerdo la angustia en su rostro aquella tarde que se nos ocurrió escaparnos de casa... Se puso frenética.

—Aquel día ella no fue la única que sufrió —admitió Lord Leonard, y un deje de amargura empañó su voz—. Fue un golpe demoledor; por un instante, la certeza de que jamás volvería a veros me heló la sangre. Fue una chiquillada, sí, pero nos dejó una cicatriz a todos. —Hizo una pausa, bajando la mirada—. Admito mi torpeza al no llamarla; sé que para ella estos días han sido siglos. Pero… en cuanto os vea cruzar el umbral, la alegría barrerá cualquier reproche. Aún la recuerdo cuando la policía os trajo de vuelta: os cubrió de besos sin que un solo reproche escapara de sus labios. Su amor siempre ha sido más grande que nuestros errores.

—Admito que fue una chiquillada —intervino Edwin, dibujando una sonrisa de soslayo—, pero la Agatha de hoy dista mucho de aquella mujer en la flor de su vida. Aquella «escapadita juvenil» dejó en ella un poso mucho más amargo de lo que parecéis recordar. El tiempo no pasa en balde, ni siquiera para su paciencia.

—¿Y tú qué sabrás de eso? —lo retó Sharon, arqueando una ceja.

—Salió a relucir en la Agencia mientras reunía a mis hombres para enviarlos a Wiltshire. Un agente llamado Peter, ahora detective, recordó que le resultaba curioso volver a servir a los Spencer después de tanto tiempo. Contó que, hace años, transportó a unas muchachas que se habían fugado de casa... y, casualmente, una de ellas era Helen Spencer. También admitió que, gracias a la matrícula que tú le diste, pudieron arrestar a unos ladrones aquella misma noche.

Sharon guardó silencio un instante, con la mirada perdida en las luces de la carretera.

—Fue una aventura —susurró Helen, con la mirada pérdida en el paisaje que desfilaba tras la ventanilla—. Una forma desesperada de huir de una realidad que me asfixiaba. Acababa de enterrar a mi madre y me negaba a aceptar el vacío de su ausencia. Disfrutamos esa noche con la temeridad de quien no tiene nada que perder, pero aquel encuentro con los criminales me devolvió al suelo de un golpe seco. Fue entonces cuando me prometí luchar siempre contra la injusticia. —De pronto, se volvió hacia el conductor con el rostro contraído—: ¿Puedes acelerar, John? ¡Por favor, tenemos que llegar ya!

—¡A sus órdenes! —respondió John, mientras el motor rugía en respuesta—. Sacaré chispas del asfalto si hace falta.

Lord Leonard, sintiendo que el peso de la angustia por fin se disipaba, habló con una gravedad cargada de afecto:

—Quisiera celebrar que estamos todos a salvo antes de que la burocracia de la central os absorba de nuevo. —Buscó el hombro de Edwin en el asiento delantero y lo apretó con firmeza—. Eres un hombre de honor, Edwin. No podría desear un yerno mejor para mi hija.

—¡Pero papá! —exclamó Helen, entre la indignación y la risa—. Tendré que decidirlo yo primero, ¿no crees?

—Hija, ¿dónde voy a encontrar a un hombre de tanta confianza y que me agrade tanto como él? Siempre he admirado su determinación; sinceramente, creo que es el hombre que necesitas a tu lado.

Edwin se volvió hacia atrás, con los ojos brillando de gratitud.

—Gracias por su confianza, señor. Le prometo que cuidaré de ella siempre.

—Hijo, no quiero promesas, quiero hechos —sentenció Leonard con una sonrisa cómplice.

—¡Esto es inaudito! —bufó Helen, buscando el apoyo de su amiga—. ¿Los oyes, Sharon? Lo arreglan todo entre ellos y nosotras simplemente debemos obedecer.

—Reconozco, querida, que tú tienes la última palabra —añadió Leonard, guiñándole un ojo a Edwin—, pero ya sabes que tienes mi bendición.

—Me vais a poner celoso —interrumpió John desde el volante, fingiendo un tono lastimero.

—¿De qué te quejas tú, John? —rio Edwin—. ¡Si ya tienes pareja formal!

—La tenía, Edwin, pero me dejó —confesó John, y un rastro de amargura empañó su voz—. Decía que el trabajo me absorbía por completo. Me echó en cara, con un desprecio que aún me escuece, que malgastaba el dinero en que mi abuela viviera «a todo lujo». Según ella, ese dinero debía ser suyo; decía que si lo gastaba en ella, podríamos pasar más tiempo de calidad. No entendía que hay lealtades que no tienen precio.

—Hiciste lo correcto, John; esa mujer no te convenía —sentenció Edwin con severidad—. Quien es incapaz de respetar el amor por una abuela no merece un sitio en tu vida. Y menos tratándose de Leonor, con lo encantadora que es y la mano que siempre nos ha tendido esa mujer. Alguien que no valora a una anciana tan adorable no tiene nada que ofrecerte.

—Deberías abrir el corazón a otro tipo de personas, John —sugirió Helen con una sonrisa cargada de intención—. Pienso, por ejemplo, en cierta dama encantadora que vive bajo mi techo. Ella no solo apreciaría tu entrega, sino que querría a tu abuela como si fuera la suya propia. Jamás te echaría nada en cara. —Hizo una pequeña pausa, suavizando la voz—. En lo personal, me dolería verla marchar, pero sé que se merece una felicidad que tú podrías darle.

—¿Te refieres a Remedios? —preguntó John, y su sorpresa casi le hace perder el pulso del volante.

—¿Y por qué no? —intervino Lord Leonard con autoridad—. Es una joven cultivada, de noble linaje español. Posee una elegancia y una simpatía naturales que la hacen destacar. Siempre he sentido que las paredes de la cocina se le quedan pequeñas; merece un destino más acorde a su cuna y a su valía. Sería una compañera excepcional para ti, John.

El coche frenó en seco frente a la escalinata de la mansión, levantando una nube de polvo. Al instante, los agentes de guardia dieron la señal y Peel apareció en el umbral, con el rostro iluminado por la urgencia del reencuentro. Betty, sin esperar a nadie, se escabulló hacia la cocina para dar la buena nueva, bajo la estricta orden de dejar que Agatha agotara su descanso. Al cruzar la antesala, se toparon con el servicio en pleno; una hilera de rostros expectantes y ojos de asombro que aguardaban, conteniendo el aliento, el relato de lo sucedido.

—¡Qué alegría tenerlos de vuelta! —exclamaron las doncellas al unísono—. ¿Se encuentra bien, señor? ¿Está bien la señorita Sharon?

—La tiene delante, Remedios —dijo Lord Leonard señalando a Helen—. Esta es la verdadera señorita Sharon.

—Disculpe, señor... ¿no estará bromeando? —balbuceó la española.

—Jamás bromearía con algo así. La Sharon que conocisteis era una impostora.

—¡Dios santo, Agatha metió al lobo en el redil! —exclamó Remedios en su lengua materna, llevándose las manos a la cara.

John la observó con una curiosidad renovada. Era cierto: era una mujer sumamente atractiva. ¿Cómo no se había fijado mejor la última vez que compartieron un trozo de pastel? No entendía ni una palabra de lo que decía, pero aquel fuego español le resultó fascinante.

—Ya me conocéis, que si no suelto lo que pienso me da un vuelco el corazón —continuó Remedios, gesticulando con viveza—. ¡Madre mía, cómo se va a poner Agatha cuando se entere! Pero no hubo otra: tuvimos que darle algo para dormir; los nervios se la estaban comiendo viva y ya no se sostenía.

—Habéis actuado con sensatez —le agradeció Helen, soltando un suspiro de alivio—. Es mejor que reciba la noticia al despertar, con la mente clara. ¡Betty, sube el equipaje ahora mismo! Y tú, Remedios... sé que es tarde, pero te agradecería una cena sencilla. El hambre empieza a pesar tanto como el cansancio.

—¡Ahora mismo, señorita! —respondió Remedios con diligencia—. ¿Qué le parece el consomé que preparó Agatha? ¡Le quedó realmente delicioso!

—¡Perfecto! Pero date prisa, antes de que desfallezca aquí mismo.

—¡Vamos, Brilliz, no te quedes ahí pasmada! —exclamó la española, arrastrando a la otra hacia los fogones.

Mientras las dos mujeres se afanaban en la cocina, Peel ayudaba a Betty a subir el equipaje. Entre rellano y rellano, las confidencias fluían en voz baja.

—¿Te fijaste, Peel? La verdadera Sharon es pelirroja—susurró Betty.

—Sí, y tiene una mirada dulce, transparente. Nada que ver con la otra, que nunca te sostenía la vista.

—Yo también lo noté. Era como si siempre escondiera algo tras los párpados. No sé qué habrá dicho Remedios en su idioma, pero estoy segura de que tiene razón.

Un timbrazo seco interrumpió la charla. Al abrir la puerta, el mayordomo no pudo ocultar su sorpresa al encontrarse de nuevo con Walter Gallichan.

—Disculpe, señor... ¿Es consciente de que estas no son horas de visita?

—Lo sé, Peel, pero me están esperando —respondió Walter con una confianza que no admitía réplicas.

—Siendo así, pase al salón con los demás.

Peel bajó de inmediato a la cocina, donde el vapor del consomé empañaba el ambiente.

—¿Está todo listo, Remedios?

—En unos minutos podrá servirse —respondió ella sin dejar de remover el cazo.

—¿Qué es lo que dijiste antes, en tu lengua? —quiso saber Brilliz—. Arriba nos hacíamos la misma pregunta.

Remedios se detuvo un segundo y los miró con gravedad.

—¿Lo de meter al lobo en el redil? Significa que hemos dejado entrar al enemigo en casa con nuestro propio permiso. Esa mujer nos engañó a todos, pero sobre todo a la pobre Agatha. No entiendo cómo pudo ocupar el lugar de la verdadera... y si la señorita lo sabía, ¿por qué no la desenmascaró antes?

Peel se cruzó de brazos, meditabundo.

—Lo que yo creo, por mi experiencia, es que todo esto ha sido un plan fríamente trazado entre Lord Leonard y Scotland Yard. ¿Habéis visto qué contentos llegaban? Parecían hombres que regresan de una cacería con la mejor pieza.

—¡Tienes razón! —exclamó Brilliz—. Por eso no salió nada en la prensa; todo estaba bajo control. Y por eso está aquí ese periodista, Gallichan. Él debió ser quien puso el candado a la noticia.

—Exacto —asintió Peel con una sombra de tristeza en los ojos—. Los pensamientos vuelan, así que voy a hablar con el señor para aclarar cuál es mi situación ahora que el asunto ha terminado. Quizás... quizás tenga que despedirme de vosotros.

—¡Pero eso no puede ser! —protestó Remedios, dejando la cuchara de madera—. ¿No pensará dejarnos ahora?

—Si tengo que marcharme, Remedios, quiero que sepáis que ha sido un honor conoceros. Os agradezco de corazón cómo me cuidasteis cuando me hirieron...

Peel bajó la vista al suelo y giró la cabeza con brusquedad. No quería que aquellas mujeres, que habían sido su familia en las sombras, vieran el nudo que se le formaba en la garganta al pensar que su trabajo allí había llegado a su fin.

—Agatha lo va a sentir mucho —añadió Betty con una punzada de nostalgia—. Se había acostumbrado a tenerlo cerca, a pesar de todas las trastadas que le hizo. ¿Recuerda cuando le echó sal en la leche o aquel laxante en la sopa?

—Será difícil olvidarlo, Betty —admitió Peel con una media sonrisa—, pero reconozco que mis apuros os regalaron buenos momentos. Todavía oigo las carcajadas de Remedios mientras yo corría al baño con aquellos retortijones. Ahora todo volverá a la normalidad: Agatha recuperará su mando como ama de llaves y yo... yo prometo venir a visitaros.

—¡No os pongáis trágicas! —interrumpió Remedios, tratando de espantar la tristeza—. El señor ha vuelto y él tendrá la última palabra sobre Peel. Ya está todo listo; avisad a los señores de que la cena está servida.

Peel asintió con gravedad. Sentía un respeto profundo por Lord Leonard, pero se sentía solo en sus deberes. Su mirada se desvió un instante hacia Brilliz; le dolía pensar que, si recibía la orden de marchar, perdería la cercanía de la joven. Decidió que, si esa era su última noche, cumpliría su papel con la mayor dignidad posible.

Entró en el salón y anunció solemnemente que la cena estaba a punto de servirse. Helen y los invitados pasaron al comedor, pero Lord Leonard se quedó rezagado, deteniendo a Peel con un gesto firme.

—Tenemos que hablar —sentenció Leonard.

—Lo comprendo, señor —respondió Peel, cuadrándose—. Sé que mi labor aquí ha terminado y que ya no soy necesario en esta casa.

—La labor del mayordomo ha terminado, sí —dijo Leonard, clavando su mirada en él—, pero no quiero que te vayas. Te necesito. Mi intención es tomarte a mi servicio como mi guardaespaldas personal. Sé que es un puesto arriesgado, Peel, pero ¿aceptarías dejar el servicio de Stanley Baldwin para formar parte de mi escolta?

A Peel se le iluminó el rostro.

—¡Aceptaría con el mayor de los gustos, señor! Será un honor servirle a usted y a esta casa. Sé que a su lado es donde está la acción y el futuro de nuestra nación.

—Entonces no se hable más. Te encargarás de mi seguridad y recibirás la capacitación necesaria. Hablaré con Edwin para formalizarlo, pero te quedarás aquí, en casa. Deja que Agatha recupere su puesto de ama de llaves. Ahora vete, ¡seguro que ardes por contárselo a los demás!

Peel salió del salón pletórico. No le importaba dejar la librea de mayordomo; lo que le importaba era que se quedaba en su hogar, con un rango que siempre había admirado. Al entrar en la cocina, su sonrisa de oreja a oreja lo precedió.

—¡No me voy! —exclamó, contagiando su entusiasmo al servicio—. ¡Escuchad bien! Me quedo como guardaespaldas personal de Lord Leonard. Y, por supuesto, seguiré arrimando el hombro en la casa siempre que mis nuevas obligaciones me lo permitan.

Brilliz fue la primera en lanzarse a sus brazos, emocionada por la noticia. Su rostro, antes ensombrecido por la tristeza, se encendió como una amapola bajo la mirada fija de Peel; la joven, de repente tímida, no sabía dónde esconder sus ojos dulces. Fue ese bullicio de alegría el que arrancó a Agatha de su letargo. Apareció en el umbral de su cuarto, parpadeando ante la luz y el alboroto.

—¿Se puede saber a qué viene tanto escándalo? —preguntó con la voz aún ronca por el sueño.

—¡Agatha! ¡Nos alegramos porque Peel se queda! —exclamó Brilliz con una sonrisa de felicidad—. ¡Ya no se marcha!

—¿Y quién demonios había dicho que se iba? —rezongó ella, todavía confundida.

—¡Yo mismo, Agatha! —intervino Peel con una sonrisa triunfal—. Pensé que, en cuanto terminara el secuestro, mi presencia aquí ya no tendría sentido, pero ha sido todo lo contrario.

Agatha se quedó petrificada. La palabra «secuestro» la golpeó como un rayo, despejando los restos de la pastilla de su mente.

—Pero... ¡entonces mi niña y el señor están aquí! ¿Por qué no me habéis despertado? ¿Dónde están? ¡Necesito verlos ahora mismo!

—¡Tranquilízate, mujer! —la frenó Peel—. Por fortuna, todo ha salido bien.

—¡Tengo que subir! —insistió ella, zafándose—. Necesito estrechar a mi pequeña entre mis brazos.

—Está bien, Agatha, pero júrame que mantendrás la calma. No queremos sobresaltos.

—¿Por qué habría de ponerme nerviosa? —Agatha lo escrutó con sospecha—. ¿Me estáis ocultando algo? ¿Acaso están heridos?

La incertidumbre le atenazó el pecho al notar el intercambio de miradas cómplices entre Peel y las doncellas. Sin esperar respuesta, se lanzó escaleras arriba con una agilidad asombrosa, sorteando su propia falda con cada peldaño. Peel la siguió de cerca, temiendo que el corazón le fallara antes de llegar.

Agatha irrumpió en el comedor con los brazos extendidos, dispuesta a envolver a su niña en un abrazo infinito, y la cubrió de besos con la misma vehemencia apasionada que solía mostrar Remedios. Helen se fundió en su pecho, dejándose querer, mientras Lord Leonard intentaba sosegarla asegurándole que todos estaban sanos y salvos.

Sin embargo, tras el primer arrebato, Agatha se separó un poco. Sus ojos recorrieron la mesa con confusión, buscando algo que no terminaba de encajar. Extendió la mano, tanteando el aire como si buscara a la Sharon que ella creía conocer, y con un hilo de voz cargado de duda, preguntó:

—¿Dónde está Sharon? —susurró Agatha con un hilo de voz quebrado por la angustia—. ¿No... no le habrán hecho daño?

—Tranquila, nanny. No temas, está a salvo —la calmó Lord Leonard, envolviendo sus manos temblorosas—. Mírala bien. Tienes a Sharon frente a ti. ¿Es que ya no la reconoces?

Agatha entornó los ojos, nublados por los años, perdiéndose en el destello cobrizo que bailaba ante ella.

—No pretendáis engañarme... —sentenció con una fragilidad teñida de autoridad—. Sé perfectamente que esta mujer no es la señorita Sharon.

Sharon se adelantó con paso leve y acunó el rostro surcado de arrugas entre sus manos, con una ternura infinita.

—¿De verdad habéis olvidado a vuestra pequeña «Zanahoria»? —le preguntó, esbozando una sonrisa melancólica—. Así solíais llamarme por el color de mi cabello, ¿lo recordáis ahora?

Agatha se llevó las manos a los labios, ahogando un gemido de incredulidad.

—¡Santo, santo! ¿Qué falta he cometido? —exclamó con la voz quebrada, aunque luchando por mantener el decoro—. ¡Vuestro cabello... es rojo como las brasas! ¿Cómo ha podido mi memoria traicionarme de forma tan implacable? Venid aquí, pequeña Sharon... Os suplico que perdonéis mi ceguera.

—Pero entonces, si vos sois Sharon... ¿quién es la criatura a la que hemos permitido cruzar este umbral?

—Se llamaba Klärchen —explicó Helen, uniéndose al abrazo—, y era el caballo de Troya de la banda que nos secuestró.

La revelación golpeó a Agatha con la fuerza de un mazo. Sus piernas flaquearon y, de no ser porque Edwin deslizó una silla tras ella justo a tiempo, se habría desplomado sobre la alfombra. Las disculpas empezaron a brotar de sus labios como un torrente, abrumada por haber cobijado al enemigo bajo el techo de sus señores.

—Querida Agatha, nadie habría podido preverlo —la consoló Helen, apretando sus manos—. Es más, fuiste nuestra mejor aliada sin siquiera proponértelo.

—¿No os estaréis burlando de esta pobre anciana, verdad? —inquirió Agatha, con los ojos empañados por la duda.

Edwin intervino entonces con una solemnidad tal, que un silencio sepulcral se adueñó de la estancia.

—Le aseguro que es la pura verdad. Scotland Yard le debe una gratitud inmensa por aquel telegrama; gracias a su sagacidad, pudimos dar caza a toda la organización que operaba en suelo británico. Habéis sido una heroína, Agatha.

—Mi querida nanny —añadió Sharon con una sonrisa pícara—, ahora que eres oficialmente una heroína de la nación, tal vez te apetezca prepararnos un pastel de piña para mañana.

—Haré lo que me pidas, «zanahoria» mía. ¡Qué tonta fui al olvidar esos ojos limpios y cariñosos! Qué alivio veros a todos bien... Hoy por fin dormiré a pierna suelta. Si os hubiera pasado algo por culpa de mi telegrama, no me lo habría perdonado en la vida.

—Estamos felices de verte así, Agatha —dijo Lord Leonard tras una breve pausa—, pero creo que aún te queda una sorpresa más que asimilar.

—¿Más sobresaltos para esta pobre anciana, señor?

—Nada desagradable, te lo aseguro —rio Helen—. Al contrario: puede que tu mayor ilusión esté a punto de hacerse realidad.

Agatha arqueó las cejas y su mirada experta voló hacia Edwin. Se acercó a él, escrutándolo con esa agudeza que solo dan los años de cuidar a los Spencer.

—¿Vas a sentar cabeza por fin, niña? ¿Acaso entre estos caballeros está el afortunado? —Miró a Edwin fijamente y sentenció—: Usted es detective y a Helen le gusta investigar por su cuenta... Me atrevo a decir que os entendéis a la perfección. ¿Me equivoco?

—¡Enhorabuena, Agatha! Tiene usted un instinto de detective envidiable —exclamó Lord Leonard con orgullo.

—Solo espero que, si de verdad la ama, no le permita correr más riesgos ni aventuras innecesarias —replicó la anciana. Se disculpó de inmediato por su exceso de confianza, recordándole con una sonrisa que por edad bien podría ser su madre o incluso su abuela.

Agatha no se detuvo ahí; clavó su mirada en la otra joven y sentenció que el periodista, Walter, era su verdadero enamorado. Él asintió con una imperturbabilidad caballeresca, confirmando el acierto de la nanny, quien no podía ocultar su regocijo.

—En vista de tantas buenas noticias —prosiguió Agatha—, supongo, Sharon, que tus padres estarán a punto de llegar de los Estados Unidos.

—Atracarán en Plymouth el día 19 a bordo del acorazado Rodney —apuntó Helen, calculando mentalmente—. Eso nos deja la madrugada del 14 o el 15 como punto de partida. Les he ofrecido nuestra casa en Deer Park, de modo que tienes apenas cinco días para que todo esté perfecto, Agatha. Sharon, por su parte, permanecerá aquí con nosotros. ¿Te parece bien?

—Por fin —suspiró Agatha—. Las cosas empiezan a encajar. Todo estará listo para cuando lleguen.

Antes de retirarse, la nanny se inclinó hacia John Veil y le susurró con una complicidad que rozaba lo travieso: «Te espero abajo; no te vayas sin despedirte». John se encogió de hombros, asaltado por la intriga de qué podría querer la mujer a esas horas. Agatha descendió las escaleras tarareando una melodía ligera, escoltada por el imperturbable Peel.

—¿Lo ves? No había nada que temer —le dijo Peel mientras entraban en la cocina—. El presentimiento de Remedios resultó ser tan real como el sol.

—¡Cierto! —afirmó Agatha, recuperando su brillo habitual—. ¿Te apetece una taza de té, Peel, o prefieres algo con más cuerpo? Tenemos una boda a la vista, y mi olfato me dice que no será la única, aunque de esa segunda aún no pondría la mano en el fuego.

—¡Me has convencido! Una copa nos vendrá bien a los dos —asintió él.

—Tengo un viejo brandy reservado para las ocasiones de verdad —murmuró Agatha—. Y creo que, después de lo que hemos pasado, nos lo hemos ganado con creces. Esperad un momento...

Se retiró a su alcoba con paso decidido. Allí, tras asegurarse de que nadie la observaba, extrajo una pequeña llave que guardaba al calor de su pecho y abrió su viejo baúl de cedro. Rebuscó con mimo entre el aroma a lavanda de las sábanas de hilo hasta dar con el tesoro: una botella de brandy napoleónico.

Al regresar a la cocina, Agatha se detuvo en seco. Peel ya no estaba solo; John Veil aguardaba junto a él, con la mirada expectante de quien espera su turno. Sin decir palabra, pero con una media sonrisa, Agatha sacó tres vasos del aparador.

—¿Te apetece un trago, John? —ofreció ella, sosteniendo la botella con una solemnidad casi religiosa.

—No me vendría mal, pero solo un poco; todavía tengo que ponerme al volante —respondió él, observando el etiquetado napoleónico—. Y bien, Agatha, ¿me dirás por fin cual es el misterio?

—Si mi presencia estorba, me retiraré y brindaremos en otro momento—intervino Peel, haciendo un amago de cortesía para marcharse.

—¡De ninguna de las maneras, Peel! Quedaos —lo detuvo ella con un gesto firme—. Solo quería compartir con vos mi inquietud, John. Aquella confesión vuestra... me ha dejado el corazón en un puño. Me preocupa lo que me contasteis el otro día.

—Siento haberte preocupado, Agatha, pero estoy bien —dijo John, restándole importancia con un gesto—. Mi casera me cuida; no es como estar en familia, pero yo elegí esta independencia. Buscaba vivir lejos de mis padres. Además, paso demasiadas horas de guardia; no hay mujer que aguante a un hombre que nunca está en casa. Mi última novia se cansó de esperarme o de que me llamaran justo cuando estábamos juntos.

—Lo que tú necesitas es una mujer paciente —sentenció Agatha con autoridad—. Alguien que sepa valorar su tiempo, que sea trabajadora y encuentre la felicidad cuidando de su hogar y de los suyos.

—¿Y dónde se supone que se esconde esa mujer milagrosa? —rio John con escepticismo e la voz.

—Bueno, bajo el techo de Lord Leonard hay tres que encajarían.

—¡Por todos los santos, Agatha! —saltó Peel—. Betty tiene un pretendiente de armas tomar y dudo que Veil quiera que le partan la cara.

—Aún quedan dos —insistió ella, imperturbable—. Ya me he percatado de que tú bebes los vientos por Brilliz, Peel. Pero nos queda Remedios: una dama culta, inteligente y en la plenitud de su madurez. Habla idiomas, tiene mundo y, sin duda, sería una esposa y madre excepcional.

—El corazón no atiende a razones, Agatha —murmuró Peel, bajando la vista—. Y yo... ni siquiera me atrevo a dirigirle una palabra de más a Brilliz.

—Será mejor que lo dejes estar —añadió Veil —. No puedes obligar a nadie a amar por decreto.

—¡Pamplinas! —zanjó la anciana, dando un golpe seco en la mesa—. Remedios estará terminando con el comedor. En cuanto baje, invítala a salir; mañana es su día libre. Llévala a dar un paseo por Hyde Park, que le encanta. Yo me retiro; Peel, deberías hacer lo propio si no tienes tareas pendientes. Tú, John, quédate; no creo que la prisa te impida paladear este brandy.

John Veil se quedó mirando el fondo de su vaso, sintiéndose atrapado en la red que Agatha acababa de tejer para él. El licor parecía devolverle una mirada dubitativa sobre qué camino tomar.

Mientras tanto, Peel interceptó a Brilliz en las escaleras cuando bajaba acompañada de Remedios.

—Espera un momento, Brilliz —dijo Peel, deteniéndola con suavidad—. Necesito hablar contigo antes de que termines de recoger.

—¿He hecho algo malo? —preguntó la joven, alarmada.

—Nada, mujer, todo está bien. Es solo para que Remedios entre sola en la cocina.

—¿Y qué ocurre en la cocina? —quiso saber Brilliz, extrañada.

Peel se inclinó hacia ella y le susurró al oído con una sonrisa cómplice:

—Agatha ha decidido que Remedios debe salir con John Veil.

—Ella no aceptará —murmuró Brilliz, intentando evadir la mirada de Peel—. Creo que Remedios valora demasiado su libertad; prefiere quedarse soltera.

—¿Y a ti? ¿Te ocurre lo mismo que a ella? —preguntó Peel, dando un paso hacia ella.

—¡Oye! ¿Por qué dices eso? —replicó ella, sonrojándose—. Tal vez yo sí tenga novio.

—¿Lo tienes? Jamás he visto a nadie rondando la casa.

—¿Cómo qué no? —desafió Brilliz con una sonrisa tímida—. Me lanza unas miradas constantes, aunque todavía no ha reunido el valor para decírmelo.

—¿Y si te lo dijera? ¿Lo aceptarías? —insistió Peel, bajando la voz.

—Entonces le diría que sí. Que me gusta, que me atrae... que siento algo especial por él aquí dentro —confesó ella, llevándose la mano al pecho.

—Entonces él te estrecharía entre sus brazos —susurró Peel, acercándose más— y besaría esos labios de fresa que tienes.

—Me estás haciendo sonrojar, Peel... —ella bajó la vista, turbada—. Será mejor que vayamos a por el resto de los platos.

Él la acompañó al comedor, dejando el pasillo en silencio. Mientras tanto, Remedios entraba en la cocina y encontraba a John solo frente a su vaso.

—¿Le han dejado solo, señor? —preguntó ella con una sonrisa amable—. ¿Agatha se ha retirado ya?

—Se fue a su cuarto, estaba exhausta. Yo me he quedado terminando este espléndido brandy.

—Por mí, bébalo con tranquilidad; no me molesta en absoluto.

—Dígame, Remedios... ¿lleva mucho tiempo al servicio de Lord Leonard?

—Unos seis años —respondió ella mientras empezaba a recoger—. Recuerdo que la señorita celebraba su décimo quinto cumpleaños cuando llegué.

—Pero usted... ¿no es mucho mayor que ella?

—Solo cinco años, señor. Por eso congeniamos tan bien desde el principio. Disfrutaba enseñándole mi idioma y las costumbres de mi tierra. Por lo que he oído, todavía no puedo evitar soltar palabras en español cuando algo me pilla por sorpresa.

—¿Remedios? ¿Puedo llamarla así? —preguntó John, dejando el vaso sobre la mesa.

—Todo el mundo lo hace.

—Mi nombre es John. John Veil. Nos conocimos el día que interrogué al personal tras el secuestro; reconozco que fui algo seco, pero espero que comprenda que solo hacía mi trabajo. Lo que quería decirle es que... mañana libro. Ahora que el caso está cerrado, me gustaría pasar un día tranquilo en Hyde Park, respirando aire puro. Me encantaría que fuera en su compañía, si no le supone una molestia. ¿Le gustaría venir conmigo?

Remedios dejó de fregar y lo miró con curiosidad.

—¿Y qué dirá su prometida, señor?

—Por favor, llámame John; si no, parecerá que seguimos en el interrogatorio —rio él—. Ella me dejó; decía que mi trabajo no me permitía dedicarle tiempo.

—Entonces, John... —sentenció Remedios con una sabiduría antigua—, esa mujer no le amaba de verdad.

—¿Por qué dice eso? —preguntó él, intrigado por su seguridad.

—Una mujer enamorada —explicó Remedios con voz suave— espera ansiosa a su novio. Disfruta de cada minuto a su lado como si fuera el tesoro más precioso, ya sea caminando de la mano o simplemente guardando silencio juntos. Sueñan con el futuro, con el hogar y los hijos que vendrán... En definitiva, John, en todo lo que llena el pensamiento de quienes se aman de verdad.

—¿Cómo puedes saber todo eso con tanta certeza? —preguntó él, cautivado por su tono.

—Porque yo estuve enamorada de un hombre bueno y honesto —confesó ella, bajando la mirada—. Él me sacó de España para protegerme del horror; nuestro plan era reunirnos aquí, en Londres, para casarnos. Pero cuando estalló la guerra civil... lo mataron. En ese instante, sentí que el mundo se me venía encima. Pasé meses soportando su ausencia con la vana esperanza de volver a verlo, hasta que la realidad me golpeó. Su prima me acogió en su casa como a una más de la familia, pero mi orgullo no me permitía ser una carga. Como ella regentaba un restaurante en la plaza del mercado, le supliqué que me dejara trabajar para compensar su generosidad. Al principio se negó, pero ante mi insistencia, claudicó. Tuvo que enseñármelo todo sobre los fogones, pues yo no sabía ni freír un huevo. Ella era muy amiga de Agatha; por eso, cuando la ayudante de cocina se casó, Agatha me ofreció el puesto. Así fue como entré al servicio de los Spencer.

John la observó en silencio, conmovido por la fortaleza que emanaba de aquella mujer.

—¿Quién hubiera imaginado que tras esa sonrisa constante se escondía una historia tan triste?

—Es el símbolo inconfundible de mi tierra, John —replicó ella con un destello de orgullo en los ojos—. Nos están matando, pero nos negamos a perder la alegría.

—Entonces, ¿qué me dices? ¿Vendrás conmigo mañana? —insistió él con renovado interés—. Me encantaría que me contaras más cosas sobre tu país y que me enseñaras algo de tu idioma. En mi oficio, uno nunca sabe cuándo puede ser útil una segunda lengua.

Remedios guardó silencio un segundo, sopesando la propuesta, y finalmente asintió.

—Está bien. Mañana también es mi día libre.

—¿A qué hora paso a buscarte? —John se incorporó, apurando las últimas gotas de brandy—. Pensándolo mejor, vendré temprano. Pasaremos la mañana en el parque y luego te invitaré a comer en algún sitio especial. ¿Te parece bien?

John apuró el brandy de un trago y salió por la puerta trasera. Tras una última ronda de vigilancia por el perímetro, subió a su coche. Remedios lo había impresionado; no era solo su belleza física, sino esa serenidad que hacía tan grato estar a su lado. Quizás Agatha tuviera razón: no perdía nada por intentarlo.

En la cocina, Remedios recordaba la intensidad con la que John la observaba mientras hablaban. Una chispa de alegría española prendió en su pecho y empezó a tararear, girando sobre sí misma:

—Tras la capa del chulapón, pasó a la historia el mantón, orgullo de la chulapa... Ya no queda niña guapa, presumida y postinera que lucir el mantón quiera...

En ese preciso instante, Peel y Brilliz entraron en la cocina.

—¿Ya se ha marchado el señor Veil? —preguntó Brilliz, rompiendo el hechizo del canto.

—Se acaba de ir —respondió Remedios, recuperando la compostura—. ¿Cómo es que lo dejasteis solo conmigo? Me ha tenido entretenida y ahora voy retrasada con todo el trabajo.

—No te preocupes, Remedios, te ayudaremos —se ofreció Peel.

—Ya veo que andas sofocada, pero bien contenta, cantando una de tus coplas —observó Brilliz con picardía—. ¿Qué te ha dicho para ponerte así?

—Nada de importancia. Me ha invitado a almorzar mañana.

—¿Y eso te parece poco? ¡Por Dios, Remedios! Te está pidiendo una cita en toda regla, ¿no te das cuenta? Supongo que habrás dicho que sí.

—No te confundas, no es una cita —replicó ella, aunque sus ojos decían lo contrario—. Simplemente acepté la invitación a comer.

—Hiciste bien. Ya basta de vivir encerrada entre estas cuatro paredes; es hora de que salgas y ese Veil no está nada mal. ¿No te has fijado en lo atractivo que es su pelo rizado y en esos ojos color caramelo?

Peel escuchó el comentario con una seriedad que delataba sus celos. Al notar su gesto, Brilliz se le acercó y le susurró al oído con una sonrisa cómplice:

—¿Crees que no me he dado cuenta de que me amas, Peel? Eres mi amor y no me interesa nadie más.

A Peel casi se le escurre el plato que estaba secando. Aturdido y feliz, vio cómo ella regresaba junto a Remedios. La española, al notar la electricidad que vibraba entre los dos, decidió que era hora de dejarlos solos. Se disculpó alegando que se iba a dormir y abandonó la cocina, aunque dejó la puerta entreabierta para ver qué sucedía.

Brilliz hizo amago de seguirla, pero Peel, recuperando el aliento, la detuvo:

—¡Espera un momento, Brilliz! ¿A dónde crees que vas?

—Tengo sueño, Peel, estoy realmente cansada —murmuró Brilliz intentando zafarse.

—¿Acaso no recuerdas lo que haría tu novio si supiera que lo amas? —replicó él con una chispa de audacia en los ojos.

—¡Ni se te ocurra! —advirtió ella, aunque no pudo evitar una sonrisa.

En ese preciso instante, Remedios irrumpió de nuevo en la cocina. Pilló a Peel con Brilliz en sus brazos, fundidos en un beso apasionado; al verla, la doncella se soltó sobresaltada, con las mejillas encendidas.

—¡Remedios! No me des estos sustos —protestó Brilliz, recuperando el aliento.

—Por mí, podéis continuar con lo que estabais haciendo —rio la española con picardía—. Solo venía a por el vaso de leche que me había olvidado. ¡Felicidades, pareja, que lo disfrutéis!

Tras soltar una sonora carcajada, Remedios regresó a su habitación canturreando una copla que flotaba en el pasillo: «En los ojos de la niña que sabe querer, hay un brillo que deslumbra y que da placer; y en los labios de la niña que sabe besar, hay un almíbar que endulza el más hondo pesar...»

Brilliz, abrumada por la sorpresa y el rubor, trató de poner distancia.

—Seguro que lo que canturrea es algo precioso, mi querida Brilliz —insistió Peel acercándose de nuevo—. Nosotros, a lo nuestro.

—¡De eso nada! —sentenció ella con una risita—. Tú a tu cama y yo a la mía.

Dicho esto, se escabulló directa al cuarto que compartía con Betty. Al entrar, su compañera ya la esperaba con los ojos como platos.

—¿Qué ha pasado, Brilliz? Las risas y las coplas de Remedios han llegado hasta aquí.

—Nada... que nos ha pillado besándonos a Peel y a mí —confesó Brilliz mientras se deshacía el peinado.

—¡Por fin se decidió ese hombre! —exclamó Betty, incorporándose en la cama.

—Aproveché que Remedios tiene una cita para lanzarme —admitió Brilliz—. Le comenté que el detective era muy atractivo solo para ver cómo Peel me miraba con desaprobación... Y ahí aproveché mi oportunidad.

—¡Qué interesante! —Betty estaba eufórica—. Pero cuenta, cuenta... ¿con quién sale Remedios?

—Con el detective John Veil.

—¡Caramba, mujer! —se quejó Brilliz al ver la reacción de su amiga—. Parece que te interesa más la vida de ella que la mía.

—Sabes que todo lo relacionado con Remedios es un misterio fascinante —se justificó Betty—. Lo tuyo con Peel era algo que todos veíamos venir desde hace meses, ¡pero lo de Remedios es una bomba!

—Está bien, está bien... Salen mañana, en su día libre. Además, él la ha invitado a comer.

—¡Qué maravilla! Espero que nos lo cuente todo al regresar —susurró Betty con un brillo travieso—. Y si no, me pegaré a la puerta, porque estoy segura de que a Agatha se lo contará con todo lujo de detalles.

—Eres una curiosa, Betty —rio Brilliz mientras se metía en las sábanas—. No está bien escuchar tras las puertas; un día te van a dar con una en las narices. Anda, duérmete ya, que mañana a nosotras no nos toca día libre.

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